Foto: DANIEL BOLUDA
Un ahorro superior a 8.000 millones de euros
El trabajo de los mayores en las labores
domésticas es equiparable al 0,8 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB),
es decir, unos 8.000 millones de euros, según un estudio elaborado por la ONG
Mensajeros de la Paz, «Relaciones Intergeneracionales en las familias españolas
en tiempos de crisis». No hay que olvidar que una de las consecuencias de la
crisis es el aumento de la solidaridad familiar en el 79,14 por ciento de los
hogares.
El estudio revela que en España hay ocho
millones de abuelos que intervienen en la vida familiar y la mitad ayuda en la
economía doméstica, en especial en la compra de alimentación (17 por ciento) y
en el pago de la hipoteca (18). «Serían necesarios 125.000 puestos de trabajo
para cubrir las tareas que hacen los abuelos», afirma el director de proyectos
de la ONG, Javier García Pérez. Según el documento, los más mayores ayudan en el
cuidado de los nietos (43 por ciento), en las tareas domésticas (28) y
aconsejando y tomando decisiones (8). En cualquier caso, las ayudas que no se
cuantifican en dinero siguen ocupando el primer puesto enla colaboración de los
abuelos (49,23 por ciento). Esto supone un gran ahorro en las economías
familiares, al evitar el pago de guardería, canguros, transporte escolar,
comedor, servicio doméstico, campamentos de vacaciones, etcétera.
Del abuelo canguro al abuelo banquero
Con motivo del Día de
los Abuelos, la Asociación Edad Dorada Mensajeros de la Paz ha rendido homenaje
a «esos hombres y mujeres que tanto nos han dado» y ha presentado ante la
sociedad «la figura de los abuelos para que se les valore y reciban el cariño y
respeto de su entorno», al tiempo que ha lanzado «una llamada de atención sobre
las necesidades y carencias de la población mayor».
La crisis económica ha
modificado los hábitos de vida familiar y ha introducido nuevas formas de
solidaridad, segun el informe de Mensajeros de la Paz.
Todos los grupos de
edad consultados reconocen que reciben más ayuda de los abuelos que las que
ellos les prestan, aunque la ayuda dada por los hijos y nietos a los abuelos va
aumentando con la edad, debido al incremento de la dependencia de los más
mayores. Con todo, todavía queda mucho por andar en la consideración de los
mayores.
De las conclusiones se
deriva además que, con los problemas económicos, hemos pasado de la figura del
«abuelo canguro» a la del «abuelo banquero». Esta nueva figura de «grand parent»
pone de relieve cómo, a pesar de todos los pesares y de las bajas pensiones que
reciben en muchos casos, también ayudan económicamente a los hijos.
Están en alerta permanente y en disposición de atender cualquier
llamada de sus hijos o de sus nietos. Siempre tienen alguno que cuidar, alguna
ausencia que cubrir o «algún agujero que tapar», sobre todo en tiempos de crisis
como los actuales. Son jubilados, muchos de ellos de edad avanzada, que deciden
entregar esa etapa dorada de la vida a su familia, aunque «el corazón vaya más
rápido que las piernas».
Y es que la sociedad actual, sacudida a menudo por vientos
despiadados, tiene en los abuelos un sólido rodrigón: un baluarte para defender
unos valores zarandeados sin clemencia. En momentos de incertidumbre, la
solidaridad familiar aparece como un elemento esencial para no desfallecer y los
abuelos se muestran como los miembros más solidarios en la convivencia
intergeneracional. En la mayoría de los casos, contribuyen a las tareas
domésticas, y en un alto porcentaje ayudan también con sus ahorros o sus
pensiones —generalmente poco dotadas— al sostenimiento económico de sus proles.
Incluso llegan a pagar las hipotecas que sus hijos no pueden afrontar.
Queda claro que los abuelos son los más solidarios frente a la
crisis. Pero, tal y como se refleja en el informe de Mensajeros de la Paz, no
todos los mayores contribuyen de la misma manera. Situación familiar, estado de
salud, edad o, sencillamente, la distinta forma de entender su misión familiar
hacen que su actitud no sea uniforme, ni idéntica. Mientras que para unos se
trata de una tarea que cumplen con agrado, para otros se convierte en una pesada
carga. Pero todos prescinden de sí mismos en favor de los nietos.
Y, por qué no decirlo, los mayores son en ocasiones explotados por
sus familiares más directos y se ven obligados a cargar sobre sus hombros
responsabilidades que no les competen y que perturban su vida con constantes
preocupaciones. Aunque en un sentido opuesto ocurre también que un número cada
vez mayor de jubilados llena su tiempo libre con tareas de voluntariado.
Iniciativas que adoptan la forma de visitas a personas enfermas o solas —la
soledad es uno de los más graves problemas de la tercera edad— , de actividades
para niños y jóvenes desfavorecidos, inmigrantes o personas con necesidades
educativas especiales que participan en campamentos de verano concebidos para
quienes de otra manera no podrían acceder a ellos.
Alicia, Lola, José. Federico, Rafael, Juan o Melchora pueden dar
testimonio de esa callada labor de los abuelos. Son nietos e incluso bisnietos a
quienes los mayores dedican sus desvelos como si fueran sus hijos.
Abuelos y nieta en la
misma casa
Alicia tiene 78 años, es madre de tres hijos y abuela de cuatro
nietos. Vive en Madrid con su marido, de ochenta y cuatro, y desde hace ya
bastante tiempo con la mayor de sus nietos, «la única niña», una joven de
veinticuatro años a la que llamaremos Lidia, «La tengo en casa como si fuera mi
hija». «Asumí esta responsabilidad porque mi hijo se separó y ella sufrió
muchísimo, se sublevó contra la situación y le costó adaptarse a su nueva vida»,
nos cuenta, al tiempo que puntualiza que también mantiene una estrecha relación
con el resto de los nietos. Desde pequeña, Lidia pasaba las vacaciones con sus
abuelos y cuando comenzó el Bachillerato decidió quedarse a vivir con ellos. Su
padre corrió con los gastos de sus estudios y ella «siempre ha sido muy
responsable para no cargar en exceso nuestra economía, buscándose pequeños
trabajos para pagar sus caprichos», explica Alicia, porque «somos pensionistas y
tenemos que hacer maravillas con el presupuesto». Alicia es una mujer simpática
y dinámica, que hace yoga —«es media vida para mí»— y lucha contra el cansancio
natural provocado por el paso del tiempo. Ella también guarda un vivo recuerdo
de su abuela, con la que vivió durante cuatro años. «A principios del verano de
1936, mis padres me llevaron a un pueblo de Segovia donde veraneábamos, con la
intención de volver conmigo días después. Pero estalló la Guerra Civil y
estuvimos separados cuatro años, los tres que duró la contienda y otro más
debido a que cogí el tifus y estuve a punto de morir. Viví con mi abuela desde
los cinco a los nueve años».
Transmisión de
valores
Federico ronda los setenta años y tiene siete nietos. El menor,
Álvaro, de ocho meses, recibe cuidados y mimos de sus abuelos mientras su madre
trabaja. También lleva al colegio y recoge a otros dos. «Es fundamental esta
tarea que me he impuesto —lo mismo que mi mujer— voluntariamente, y que se basa
en el cariño». Para el matrimonio, «educar con el ejemplo tiene unos espléndidos
resultados, porque se trata de transmitir a los niños los principios
fundamentales de la vida y de la convivencia, de lo que es la familia. Además,
hay que inculcarles los principios religiosos y éticos en los que creemos, de
respeto, de solidaridad... para que libremente puedan elegir».
¿A qué han debido renunciar Federico y su esposa? «No se puede
hablar de grandes renuncias —dice— porque a nadie mejor que a los nietos se
puede entregar el tiempo, la vida... Si hay que hablar de renuncias, tal vez
hemos dejado de ir al cine o al teatro, pero dar significa mucho más que eso.
Además, los niños nos “pagan” muy bien, con un cariño sin límites y con detalles
llenos de ternura».
Todos sus nietos se sienten felices en el hogar de sus abuelos.
«Están en su casa», asegura Federico, quien a menudo es testigo de que los más
pequeños vuelven al hogar paterno llorando.
¿Y los adolescentes y jóvenes? Lo habitual es que mantengan una
actitud de complicidad con los abuelos, aunque en estos tiempos también puede
aparecer un cierto interés económico. Y a veces es inevitable que se rebelen
contra las historias de sus antepasados. Claro que no menos rebelde y celoso de
su independencia es José, jubilado de 74 años y coordinador del Proyecto Madurez
Vital de CEOMA, que no quiere ser esclavo de sus nietos ni considera una
obligación atenderlos. «No tenemos una misión asumida. Es una cuestión de
necesidad, gusto o funcionalidad», sostiene. «El papel del abuelo es vivir su
vida... y, circunstancialmente y llevado por vínculos afectivos, puede atender a
los hijos de sus hijos». Tras lo que puntualiza: «Voy a ver a mi nieto cuando
tengo que verle; a veces... cuando tengo mono del niño. Es una necesidad».
En cuanto a la influencia en la educación de los niños, José
sostiene que «como no eduquen los padres, tú no lo puedes hacer». Y advierte de
que, debido a los diferentes tipos de familia que existen, a la hora de ayudar
hay que distinguir entre «el gusto por hacer algo y la necesidad de hacerlo»,
porque en época de crisis «la ayuda de los abuelos se convierte en una necesidad
económica». Además, para ayudar «hay que querer, saber y poder».
Lola y Antonio cuidan todos los días a cuatro de sus nueve nietos.
No les queda más remedio porque sus hijos trabajan y ellos son los que hacen
posible la conciliación laboral y familiar. Desde las siete y media de la mañana
a las cinco de la tarde alimentan a los niños, los llevan y recogen del colegio
y atienden todas sus necesidades. Y lo encuentran normal. «De esta manera nos
ayudamos en la familia», dice Lola, que resta importancia a su dedicación. A la
pregunta de si se tambalearía la familia sin su ayuda y la de su esposo,
responde que «nadie es imprescindible», por más que ella sí que lo sea para los
suyos.
Sorpresa al
amanecer
Los nietos de Lola son todavía pequeños —el mayor tiene doce años—
y exigen una alerta constante. «A veces nos reunimos nueve personas a comer»,
pero los chicos «son buenos y obedientes y les encanta venir a casa». Baste una
anécdota de esta familia para ilustrar la constante dedicación de los mayores.
«Si a las 7.15 de la mañana suena el teléfono, es que alguno se ha puesto
enfermo y nos lo traen su padres para que lo atendamos mientras ellos trabajan».
Lola oculta su cansancio, pero señala que su marido lo sufre más, porque ya son
setenta y nueve los años que tiene. No busca ni espera compensaciones. «Ya las
tengo con los míos». El reconocimiento quiere que vaya para todos los abuelos,
en plural: «Hacen una labor fenomenal, muchas veces no reconocida». Y como quien
piensa en voz alta, nos habla de quienes pese a los años cuidan de sus nietos
como si fueran jóvenes. «Bajo al parque y veo abuelos francamente cansados y con
miedo de que no puedan seguir el ritmo de los niños y pueda pasarles
algo».
Entre los inmigrantes el papel de los abuelos es, si cabe, más
sacrificado. Deben quedarse en sus países a cargo de los niños después de que
sus hijos partieran en busca de una vida mejor en España. Es el caso de
Melchora, una mujer del altiplano boliviano que ha superado los setenta años y
cuida de ocho nietos y un biznieto. Sus hijos y nietos —unos más que otros y no
todos ellos, a decir verdad— le envían mensualmente dinero para que alimente a
las criaturas y cubra sus necesidades más elementales. Pero la tarea no es
fácil, y no sólo desde el punto de vista material. Los niños crecen y las
dificultades y problemas de la adolescencia también. El apoyo es escaso y la
edad no perdona. Su tarea es doblemente heroica.